Las palabras cayeron como una onda expansiva.
“No podía seguir viéndote sufrir”, continuó. “Pero eso significa que… este bebé no puede ser mío”.
Rachel lo miró fijamente, temblando.
“Me hice una prueba de ADN”, añadió. “Cero por ciento. Dígame la verdad”.
Las lágrimas corrían por su rostro; no eran de culpa, sino de desamor.
—Nunca te traicioné —exclamó—. Tienes que creerme.
—¡Entonces explícalo! —gritó, desplomándose bajo el peso de todo aquello.
Entre sollozos, Rachel se obligó a hablar.
“¿Te acuerdas de la clínica de fertilidad? ¿Nuestro último tratamiento?”
Él asintió lentamente.
“Volví”, dijo. “Me dijeron que todavía tenían un vial de tu muestra congelado”.
Ethan se quedó paralizado.
