Ethan permanecía de pie junto a la cama del hospital, con la respiración entrecortada, observando cómo Rachel acunaba a su recién nacido con una ternura que casi dolía al verla.
Las duras luces del hospital parecieron suavizarse a su alrededor, proyectando un suave resplandor sobre su rostro cansado pero radiante. Le susurró al bebé, con la voz temblorosa por la emoción.
“Ethan… lo logramos”, dijo entre lágrimas. “Nuestro milagro finalmente está aquí”.
Forzó una sonrisa. Pero en su interior, un vacío se abrió tan repentinamente que tuvo que agarrarse a la barandilla de la cama para no caerse.
Porque en ese momento de alegría… él portaba una verdad que ella desconocía.
Un secreto que había enterrado años atrás.
