La marca de tiempo seguía parpadeando en la esquina del monitor, un pequeño latido rojo que se sentía como si retumbara directamente dentro de mi cabeza.
Un minuto.
Dos minutos.
Cinco.
Me quedé paralizada en la silla de mi oficina, con la mano aferrada al ratón, mientras el pesado escritorio de caoba frente a mí no hacía absolutamente nada por impedir que mi vida se desmoronara. En la pantalla se veía el pasillo de arriba de mi casa, reluciente, impecable y terriblemente silencioso. Vi a mi hijo de seis años desaparecer tras la gruesa puerta de madera del armario de la limpieza.
Al principio, la parte más desesperada de mi mente intentó poner excusas.
Tal vez Vivian simplemente perdió el control por un instante. Tal vez volvería en unos segundos. Tal vez había una explicación, algún hilo conductor al que aferrarme, algo que impedía que la vida que creía perfecta se desmoronara.
Pero la marca de tiempo seguía avanzando.
Diez minutos.
Quince.
Veinte.
Apreté el ratón con tanta fuerza que mis nudillos palidecieron. El pasillo seguía vacío. Nada se movía. Nada cambiaba. Y tras aquella estrecha puerta, mi pequeño estaba encerrado solo en la oscuridad.
En el minuto veintisiete, Maya entró en escena.
Llevaba una cesta repleta de toallas cuidadosamente dobladas, y caminaba apresuradamente por el pasillo cuando, de repente, se detuvo frente al armario. Inclinó ligeramente la cabeza, como si hubiera percibido un leve ruido tras la puerta. Entonces, la cesta se le cayó de las manos y las toallas blancas se esparcieron por el suelo de mármol.
Ella abrió la puerta.
