La respuesta llegó a la mañana siguiente.
La casa de Nathan no era una mansión.
Era una finca.
El tipo de propiedad que parecía más un complejo turístico de lujo que un lugar donde alguien viviera.
Una puerta de seguridad.
Fuentes de piedra.
Jardines perfectamente cuidados.
Los empleados parecieron sobresaltarse al ver a los niños corriendo por la entrada principal.
Lily se detuvo en el vestíbulo y miró hacia arriba.
—Mamá —susurró.
"¿Qué?"
“El techo es más alto que nuestro apartamento.”
Casi me río.
Casi.
La administradora de la casa de Nathan, una mujer amable llamada Margaret, nos condujo a una suite para huéspedes más grande que cualquier otro lugar en el que habíamos vivido en años.
Había habitaciones separadas para los niños.
Un refrigerador completamente lleno.
Ropa limpia esperando dentro de los armarios.
