“Recuerdo a un hombre así.”
“Le diste tu almuerzo.”
La habitación quedó en silencio.
De repente lo recordé.
Un joven empresario cansado, sentado solo en un rincón.
Avergonzado.
Avergonzado.
Hambriento.
Le di un sándwich y le dije que todo el mundo necesita ayuda alguna vez.
“¿Te acordabas de eso?”
“Nunca lo olvidé.”
La emoción se notaba en su voz.
“Me trataste como a un ser humano cuando nadie más lo hizo.”
Las lágrimas llenaron mis ojos.
Ocho años.
Un pequeño acto de bondad.
Y de alguna manera, la vida nos había vuelto a unir.
