Ella apretó su conejito de peluche con fuerza.
Y entonces… las lágrimas comenzaron a caer.
Mi corazón se detuvo.
“Algunos niños… me empujan”, susurró. “Dicen que soy débil… y que no tengo un padre de verdad”.
Sentí un bulto en mi garganta.
– ¿Y por qué no me lo dijiste antes?
Sofía se secó las lágrimas, su voz tan baja que casi desapareció.
“Porque… el tío Alejandro dice que no pasa nada”.
