Tenía el pelo negro y rizado, suave como la seda, los ojos grandes y dulces, y una sonrisa tan tímida que los maestros de la Escuela Primaria Benito Juárez siempre decían que era “una chica muy dulce”. Una buena chica. Sensible. Fácilmente herido.
Mi esposo, Alejandro, vino a nuestras vidas como el hombre perfecto.
Paciente. Cálmate. Y sobre todo… muy “atento” a Sofía.
—La bañaré todas las noches —dijo ella suavemente. “Los niños necesitan sentirse seguros antes de ir a dormir”.
Y yo… le agradecí por ello.
En serio.
Después de largos días trabajando en una pequeña tienda en el centro de la ciudad, apenas ganando lo suficiente para apoyarnos, pensé que finalmente tenía una familia real.
Pero entonces… empecé a notar cosas.
Sofía ya no hablaba como antes.
No contó historias sobre la escuela.
No sonrió mientras veía sus dibujos animados favoritos.
Ella no corrió a abrazarme cuando abrí la puerta cuando llegué a casa.
Y sobre todo…
Cada vez que salía del baño con Alejandro, se quedaba completamente en silencio.
No fue un silencio normal.
Era un silencio… como si estuviera guardando un secreto demasiado grande para una niña de cinco años.
Una noche, cuando levanté la mano para limpiar una gota de agua que quedaba en su hombro, Sofía se estremeció ligeramente.
No era fuerte.
No era obvio.
