Hoy vivo en ese departamento. Camila me visita todos los domingos con Andrés, y desde hace unos meses también con mi nieta Julieta, una bebé de ojos enormes que se ríe cuando le canto las mismas canciones que le cantaba a su madre. Camila cambió. Aprendió, quizás demasiado tarde, quizás justo a tiempo. Y yo aprendí que a veces, para que los hijos vean a sus padres, primero hay que dejar de estar disponibles todo el tiempo.
La carta que dejé aquella tarde no fue una venganza. Fue un espejo. Y en ese espejo, mi hija por fin se vio a sí misma.
