Mi cuñada Natalia, que estaba sentada cerca del escenario, se levantó de golpe.
—Andrea…
Levanté la tarjeta blanca.
—Esta mañana desperté así porque mi esposo me rapó mientras dormía.
Javier avanzó hacia mí.
—Andrea, basta.
Leí lo que había escrito.
—Ahora sí te ves tan ridícula como siempre.
Nadie se rio.
—¡Fue una broma!
Miré a Javier.
—Entonces explícales por qué desconectaste las cámaras antes de hacerlo.
Su cara cambió.
El silencio se volvió más pesado.
—Hoy también iba a firmar una autorización para que pudiéramos utilizar parte de los 18 millones de pesos que heredé de mi padre.
Javier palideció.
—Pero no la firmé.
Abrió la boca.
—Andrea…
—El fideicomiso está bloqueado.
Javier dejó de respirar por un instante.
Y entonces entendí algo.
No estaba preocupado por nuestro matrimonio.
Estaba aterrorizado por el dinero.
Saqué mi teléfono.
—También podrías explicarles quién es Natalia Robles.
Mi suegra frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver Natalia con esto?
—Pregúntale a Javier para quién estaba comprando una residencia de 14.8 millones en Ajijic.
Javier se acercó.
—Dame ese teléfono.
Retrocedí.
—No me toques.
