Ahora no quedaba prácticamente nada.
Corrí al baño.
Encendí la luz.
Y me vi.
Tenía 39 años, llevaba 10 casada con Javier y jamás había imaginado que terminaría mi matrimonio mirándome al espejo con la cabeza completamente rapada.
Lo extraño fue que no lloré.
Me empecé a reír.
No porque fuera gracioso.
Me reí porque, por primera vez, entendí exactamente con quién me había casado.
Javier nunca necesitaba gritar.
Su especialidad era hacerme sentir pequeña mientras fingía bromear.
Si compraba un vestido:
—Qué valiente eres para salir así.
Si proponía unas vacaciones:
—Déjame las decisiones importantes a mí.
Si hablaba de inversiones:
—Tú preocúpate por disfrutar. Yo sé cómo funciona el dinero.
Durante años pensé que esa era simplemente su personalidad.
Aquella mañana entendí que era desprecio.
