Mi cabello volvió a crecer.
El dinero permaneció protegido.
Pero lo más importante fue otra cosa.
Yo dejé de pedir permiso para confiar en mí misma.
Porque a veces la humillación que parece destruirte no es el final.
Es la alarma que suena exactamente un segundo antes de que entregues demasiado de ti a alguien que jamás aprendió a valorarte.
