Cada respiración parecía costarle más trabajo que la anterior.
—Mariana.
No respondió.
Bruno levantó la cabeza.
Me acerqué a ella.
Una respiración.
Una pausa.
Otra respiración.
Otra pausa mucho más larga.
Le agarré la mano.
Estaba fría.
Supe que podía estar acercándose el momento que llevábamos meses temiendo.
Bruno, con un esfuerzo enorme, consiguió subir completamente a la cama.
Se pegó al costado de Mariana.
Apoyó la enorme cabeza junto a su hombro.
Yo me acosté detrás de ella.
La rodeé con los brazos.
Entonces el olor me golpeó de nuevo.
Esta vez con una fuerza terrible.
Mi garganta reaccionó.
Sentí una arcada.
Durante un segundo mi cuerpo volvió a gritarme que me apartara.
Entonces los dedos de Mariana se movieron.
Muy poco.
Encontraron mi mano.
La apretaron débilmente.
Fue suficiente.
Tragué saliva.
Respiré lentamente.
Y me quedé.
—Estoy aquí.
Bruno soltó un pequeño gemido.
La respiración de Mariana volvió una vez.
Después se detuvo.
Esperé.
No llegó otra.
—Mariana…
Nada.
Esperé unos segundos más.
Luego otros.
El silencio de aquella habitación fue distinto a cualquier silencio que hubiera conocido.
Hundí el rostro en su cabello.
No olía al champú que había utilizado durante años.
No olía a los viajes.
No olía a nuestra juventud.
Olía a enfermedad.
A medicinas.
Al final.
Pero no me moví.
Bruno tampoco.
No sé cuánto tiempo estuvimos abrazándola.
Finalmente tomé el teléfono y llamé al número que nos habían indicado para aquel momento.
—Creo que mi esposa acaba de morir —conseguí decir.
A la mañana siguiente la casa se llenó de pasos suaves y voces bajas.
Llegó personal de cuidados.
Llegó Teresa.
Cuando vio a su hija, emitió un sonido que todavía escucho algunas noches.
Se sentó junto a ella y acarició su cabello durante mucho tiempo.
Luego me miró.
—Mi hija no era repugnante.
—Nunca lo fue.
Y lo decía en serio.
Bruno permanecía tumbado junto a la cama.
Cuando alguien sugirió apartarlo unos minutos, negué con la cabeza.
—Déjenlo.
Nadie discutió.
Más tarde, cuando la casa quedó vacía, salí al porche.
Me senté en el mismo escalón donde tantas noches había tratado de reunir fuerzas antes de volver a entrar.
Bruno se tumbó junto a mí.
Miraba fijamente la entrada, como si Mariana pudiera regresar en cualquier momento.
Mi teléfono volvió a llenarse de mensajes.
