Porque confiaba en él.
“Está teniendo una semana difícil”, admití.
Walter me apretó la mano.
“Tiene suerte de tenerte.”
Esas cinco palabras casi me destrozan.
Con el tiempo, empecé a visitarlo incluso cuando no me pagaban. Le llevaba galletas. Me sentaba con él en el porche. A veces hablábamos durante horas. Otras veces, simplemente escuchábamos a los pájaros revolotear entre los árboles.
La mentira se desvaneció.
La conexión se hizo real.
En realidad, no estaba reemplazando a su nieta.
Él no iba a reemplazar a mi abuelo.
