“Margaret podía hacer reír a cualquiera”, dijo. “Incluso a mí”.
Y durante un tiempo, olvidé que estaba actuando.
PARTE 2
Las visitas dominicales continuaron.
Las semanas se convirtieron en meses.
Ocurrió algo inesperado.
Walter dejó de sentir que era un trabajo.
Se convirtió en alguien a quien yo quería.
Recordaba todo lo que le conté: mis exámenes, los largos turnos de mi madre, los tratamientos de Noah y las pequeñas preocupaciones que intentaba restarle importancia con una sonrisa.
Una tarde, preguntó: "¿Cómo está tu hermano?"
Me quedé paralizado por un segundo.
Entonces me di cuenta de que le había contado todo.
No porque se supusiera que debía hacerlo.
