Todo estaba a punto de desmoronarse.
—Eso es ilegal —murmuró.
Pero él ya sabía que no era así.
La última página lo confirmó todo:
Queja formal.
Malversación de fondos.
Acceso no autorizado.
Confiscación del dispositivo.
Frío. Preciso. Definitivo.
—No puedes hacer esto —dijo con voz débil.
—No —respondí—. Tú mismo lo hiciste.
Llegó mi abogada.
Dos agentes estaban de pie detrás de ella.
No es dramático.
Simplemente decisivo.
—Somos familia —protestó su madre.
—No —dije—. Ustedes son personas que se presentaron sin invitación en la casa de otra persona.
“Estás arruinando tu matrimonio”, añadió su padre.
“Mi matrimonio terminó cuando tu hijo intentó quitarme todo.”
Mariana parecía conmocionada.
“Dijo que estabas de acuerdo…”
—Por supuesto que sí —dije—. Necesitaba público.
Mi abogado le entregó los documentos.
Me miró fijamente, esperando aún que cediera.
Yo no.
“Sus pertenencias están empaquetadas. Tres cajas”, le dije. “Obtendrá la ubicación a través de su abogado”.
—¡Soy tu marido! —espetó.
“Y tú intentaste convertirme en un invitado en mi propia vida.”
Siguió el silencio.
Pesado. Final.
—Te arrepentirás —dijo su madre.
“Prefiero vivir solo que vivir con falta de respeto.”
Uno a uno, se fueron quedando en silencio.
Adrián se quedó mirando fijamente la casa vacía.
