Parte 1 de 3
La frase que no debería haberse pronunciado
Las palabras llegaron a Adrian Colebrook justo en el momento en que su mente aún estaba enredada en números, contratos y el silencioso agotamiento que seguía a largas reuniones en las que no se había hablado de nada verdaderamente humano.
No llegaron haciendo ruido ni exigiendo atención.
Simplemente existían.
Y por eso, hieren más profundamente que cualquier grito.

