PARTE 1
Lo primero que noté fue el silencio.
No era el silencio apacible que precede a soplar las velas de un cumpleaños. Este silencio se extendía por el comedor como una nube de tormenta, engullendo cada conversación y cada risa.
Era el trigésimo octavo cumpleaños de mi marido, Daniel. Su madre, Patricia, había insistido en organizar una cena familiar.
