Después de dar a luz, mi adinerado padre vino a verme a la sala de recuperación privada. Se le veía orgulloso, sosteniendo flores que costaban más que el alquiler de la mayoría de la gente.

Miré a mi hija a través del cristal de la habitación infantil. "Estaba segura del día en que me drogó".

A las cinco, Damon regresó con mi padre y Celeste. Dejó la carpeta junto a mi bandeja de la cena.

“Última oportunidad”, dijo. “Firma, o protegeremos al bebé de ti”.

Acerqué a mi hija más a mí.

—Te has equivocado de madre —dije.

Damon se rió.

Esa risa lo destrozó.

Parte 3

A las 8:00 de la mañana del día de mi trigésimo segundo cumpleaños, Damon intentó entrar en mi habitación del hospital y se encontró con dos guardias de seguridad de pie frente a la puerta.

—¿Qué demonios es esto? —espetó.

Estaba sentada en una silla de ruedas cerca de la ventana, con un abrigo color crema que Lila había traído de mi apartamento. Mi hija dormía en su portabebés a mis pies. Mi padre permanecía de pie junto a la pared, con el rostro pálido. Celeste se cernía a su lado, aferrada a unas perlas que había comprado con dinero que creía que nadie podría rastrear.

Damon se fijó en la mujer que estaba a mi lado y se quedó inmóvil.

—La señora Hargrove, del juzgado de sucesiones —dije—. Ella agilizó la revisión urgente del fideicomiso.

La funcionaria judicial abrió su tableta. «A partir de la medianoche, Marin Vale asumió el control de voto del Fideicomiso Familiar Vale, de conformidad con el Artículo Nueve, Sección Cuatro. Se ha dictado una orden judicial que congela todas las transferencias iniciadas por Damon Pierce, Celeste Vale o entidades vinculadas a ellos».

Damon abrió la boca, pero no le salieron las palabras.