Durante seis largos años, la vida de esta mujer se redujo a una rutina agotadora y silenciosa. Su esposo, Mark, permanecía en un estado de coma tras un grave accidente automovilístico, y ella había convertido su hogar en algo muy parecido a una habitación de hospital. Aparatos médicos, medicamentos, horarios estrictos y visitas de enfermeras marcaban cada uno de sus días.
Una rutina marcada por el cuidado y el silencio
El dormitorio principal se había transformado en el corazón de esa nueva realidad. Allí, Mark yacía inmóvil, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando lentamente al ritmo del respirador. Su esposa cambiaba las sábanas casi todos los días, le acomodaba el cabello y trataba de recordarlo como había sido antes: alegre, enérgico, con esa risa inoportuna que aparecía en los momentos menos indicados.
