PARTE 2
Ryan Parker permanecía inmóvil en el umbral de la habitación del bebé, mirando fijamente la mancha de sangre en la alfombra color crema como si su cerebro no pudiera procesar lo que sus ojos le mostraban.
Durante varios segundos, no se movió.
No respiraba.
La habitación se sentía extrañamente silenciosa.
La casa que siempre lo había recibido con pequeños sonidos familiares —el zumbido del refrigerador, los pasos silenciosos de Emma, los llantos del recién nacido Ethan— se había convertido en una cáscara vacía.
—¿Emma? —volvió a llamar.
Se le quebró la voz.
No hubo respuesta.
Entró con cautela en la habitación de los niños, como un hombre que entra en la escena de un crimen antes de admitir que el crimen le pertenecía.
La sangre se había secado profundamente en la alfombra, formando una mancha oscura y fea. Se extendía desde un lado de la mecedora hacia la cuna, como si alguien hubiera intentado arrastrarse por el suelo.
A Ryan se le hizo un nudo en la garganta.
Recordó mi rostro cuando salió.
Pálido.
Transpiración.
Aterrorizado.
Recordaba que mi mano temblaba contra el marco de la puerta.
Recordaba que yo le había dicho que eso no era normal.
Y recordó su propia voz, monótona y molesta.
Me había dicho que dejara de ser tan dramática porque era el fin de semana de su cumpleaños.
Sus rodillas casi cedieron.
—Emma —susurró.
Luego más fuerte.
“¡Emma!”
Corrió de una habitación a otra.
El dormitorio parecía intacto, salvo por la ropa a medio doblar que había dejado en la silla. En la cocina seguía la taza de té que había preparado y que nunca terminé. El calientabiberones permanecía sobre la encimera. La pequeña manta azul de Ethan estaba extendida sobre el sofá.
Pero no tenía esposa.
No bebé.
No hay rastro de nadie con vida.
Ryan cogió su teléfono y me llamó.
En algún lugar de la casa, empezó a sonar mi tono de llamada.
Suave.
Sordo.
Procedente de la guardería.
Siguió el ruido con manos temblorosas.
Mi teléfono quedó atrapado bajo el borde del cambiador, con la pantalla rota y la batería casi agotada.
Treinta y siete llamadas perdidas.
Ninguno de ellos era suyo.
El último procedía de un número desconocido.
