Me llevaron hacia la parte delantera de la casa.
Podía oír el equipo de la ambulancia afuera. Las puertas se abrían y se cerraban. Pasos cruzaban el porche. Voces que hablaban rápido pero con calma.
Mi suegra me siguió.
—No lo entiendes —dijo—. Ella necesita a su familia.
Me detuve.
Por un segundo, estuve a punto de darme la vuelta.
Entonces recordé cuando me arrastraba por aquella baldosa helada con mi hija a mi lado.
Recuerdo haber susurrado por teléfono porque tenía miedo de que me oyera.
Recordé que la operadora me preguntó si mi bebé estaba llorando.
Recordé haber respondido que sí mientras me preguntaba si alguno de los dos estaría bien.
Seguí caminando.
En la ambulancia, un paramédico me ayudó a sentarme.
Me revisó la muñeca de nuevo y examinó con cuidado la hinchazón.
“Hay que evaluarlo”, dijo.
Asentí con la cabeza.
Mi bebé fue colocada a salvo a mi lado mientras otro paramédico continuaba revisándola.
Entonces, el primer interviniente hizo una pregunta que me hizo darme cuenta de que la situación estaba a punto de cambiar de nuevo.
¿Hay alguien de tu confianza que pueda ir a verte al hospital?
Enseguida pensé en una persona.
Mi hermana.
Vivía lo suficientemente cerca como para llegar rápidamente, y a diferencia de mi suegra, nunca me diría que el dolor era un inconveniente.
Le di su nombre.
Mi suegra lo escuchó.
“¿La llamaste?”
