Dejé de sonreír. Mason me miró sin entender. La mujer del otro lado del pasillo sonreía enternecida, como si estuviera presenciando algo romántico. Mi celular seguía grabando. Y entonces recordé a Laila.
Una visita seis meses antes
Seis meses atrás, había llegado a la puerta de mi casa una mujer llorando, con el maquillaje corrido bajo los ojos. Preguntó por Tyler. Le dije que estaba trabajando. Se presentó como Laila y, cuando insistí en saber para qué lo buscaba, se dio media vuelta y se fue. Esa noche le pregunté a Tyler y él se quedó quieto un segundo, ese segundo revelador que hacen las personas cuando escuchan un nombre que no esperaban. Después se recompuso y me explicó que era una compañera del trabajo con problemas de conducta laboral, que él estaba ayudándola con un caso complicado. Algo dentro de mí encendió una alarma, pero Tyler nunca me había dado motivos para dudar. Sin mensajes sospechosos, sin ausencias sin explicación, sin cargos raros en la tarjeta. Terminé convenciéndome de que estaba siendo paranoica.
Ahora, sentada en ese avión, con doscientos desconocidos aplaudiendo un anuncio romántico, entendí que aquella corazonada había sido cierta. Quería volver atrás y sacudir a la mujer que se había tragado la explicación.
El vuelo más largo de mi vida
Hubo aplausos dispersos. Alguien al frente incluso gritó “¡felicidades!”. Mason me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Mamá, ¿quién es Laila? ¿Por qué papá dijo que va a ser su esposa? ¿Nos va a dejar?
—Después hablamos, mi amor. Ahora respira conmigo.
—Pero tú eres su esposa.
Empezó a llorar en silencio y lo apreté contra mi pecho. Quería gritar. Quería caminar hasta la cabina y exigir explicaciones. Pero el avión ya se movía y mi hijo necesitaba que yo fuera el ancla. El vuelo duró menos de dos horas. Se sintió como diez. Mason no tocó las gomitas. El dibujo se quedó doblado dentro de la mochila.
Al aterrizar, esperamos a que casi todos bajaran. Yo no tenía idea de qué le diría a Tyler, solo sabía que no me iría del aeropuerto sin mirarlo a los ojos. Al salir a la terminal lo vi de inmediato, parado cerca de la entrada de un salón de la aerolínea. A su lado estaba ella. Laila. Muy distinta de la mujer que había llorado en mi porche: cabello impecable, ropa costosa, y un embarazo que ya era imposible de disimular. Una mano descansaba sobre su vientre. Le sonreía a Tyler. Entonces me vio a mí, y a Mason. Su sonrisa se torció. Tyler siguió su mirada y el color se le fue de la cara.
La confrontación
—¿Megan? —Fue lo primero que atinó a decir.
Mason volvió a romper en llanto. —Papá, ¿qué está pasando?
—¿Qué hacen ustedes en este vuelo?
Casi me reí. —Vinimos a sorprenderte.
Cerró los ojos. Laila, en cambio, no parecía avergonzada. Al contrario, parecía aliviada.
—¿Esta no es la misma Laila que llegó llorando a mi casa hace seis meses? —pregunté señalándola.
—Megan, este no es el lugar.
—Acabas de anunciarle a un avión lleno de desconocidos que ella está esperando un hijo tuyo y que piensas casarte con ella. Puedes responderme en público.
Laila cruzó los brazos. —Por lo menos ya lo sabe.
Di un paso hacia ella. Tyler se interpuso.
—Megan, Mason está aquí. Piensa en él antes de armar un escándalo.
—Ahora te preocupa lo que ve Mason.
Le pregunté cuánto tiempo llevaba aquello. Tyler miró a Laila. Después me miró a mí.
—Casi un año.
Sentí que el piso se movía. —¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Estaba buscando el momento adecuado.
—¿El momento adecuado para decirle a tu esposa que embarazaste a otra mujer?
—No. El momento adecuado para entregarte los papeles.
Por un instante no entendí. —¿Qué papeles?
—Los del divorcio.
