Durante varios segundos, simplemente la miré fijamente.
Después de cuatro años de pruebas de embarazo negativas, citas médicas, decepciones y lágrimas que a menudo intentaba ocultar, finalmente estaba aquí.
Cuando vimos por primera vez esas dos líneas rosas, Ethan me rodeó con sus brazos y susurró:
**“Tú y nuestra pequeña sois mi mundo entero.”**
El embarazo había sido uno de los periodos más felices de mi vida.
La entrega fue otra historia.
Tras veintiuna agotadoras horas de trabajo, las cosas se complicaron de repente.
Los médicos actuaron con rapidez.
Una enfermera retuvo a Ethan mientras me llevaban por el pasillo.
Lo último que recuerdo con claridad es oírle llamarnos.
Luego vinieron los fragmentos.
Luces brillantes.
Alguien anunciando **3:17 pm**
Y finalmente, el fuerte llanto de nuestra hija.
A la mañana siguiente, Lily estaba estupendamente.
Pesaba siete libras y dos onzas, y la enfermera Stella me dijo que Ethan había estado dando vueltas por la sala de espera desde las cinco de la mañana.
Cuando Stella finalmente me preguntó si estaba lista para recibir visitas, sonreí.
“Que entre.”
Un momento después, apareció Ethan.
Tenía el pelo revuelto.
Su camisa estaba arrugada de haber pasado la noche en la sala de espera.
Y en sus manos sostenía el ramo de rosas blancas más grande que jamás había visto.
Cruzó la habitación rápidamente y me besó la frente.
**“Este es el día más feliz de mi vida.”**
Luego se volvió hacia Lily.
Seguía sonriendo cuando se inclinó sobre la cuna.
