Pocos momentos son tan cargados de emoción como los instantes previos a una boda. Sin embargo, para Elena, aquellos minutos no estaban llenos de alegría, sino de una angustia silenciosa que la había acompañado durante años. Vestida de blanco, con el ramo en las manos y el corazón latiendo con fuerza, se acercó al sacerdote y susurró una frase que cambiaría por completo el ambiente de la iglesia: “Padre, yo no soy pura”.
Una confesión hecha en el peor momento
Elena le explicó al sacerdote, con voz temblorosa, que antes de conocer a Gheorghe, su prometido, había pasado por una experiencia dolorosa: un aborto que jamás le había contado a nadie de la familia de él. Aquel secreto la perseguía, y sentía que no podía comenzar una vida matrimonial cargando con una mentira tan grande.
El sacerdote la observó con calma y luego miró hacia el altar, donde Gheorghe esperaba con una sonrisa nerviosa, sin sospechar nada. Sus palabras fueron breves, pero suficientes para que Elena comprendiera que la ceremonia no podía comenzar mientras existiera esa carga entre ellos.
