Parte 1
La mañana de nuestro décimo aniversario desperté porque sentí frío en la cabeza.
No entendí qué pasaba hasta que levanté la mano.
Mis dedos tocaron piel.
Me incorporé de golpe.
Sobre la almohada, junto a varios mechones de cabello que mi esposo ni siquiera se había molestado en recoger, había una tarjeta blanca.
Decía:
Ahora sí te ves tan ridícula como siempre.
Durante varios segundos no respiré.
Mi cabello me llegaba por debajo de los hombros la noche anterior.
