Cuando Mateo tenía diecisiete años, anunció en la mesa de la cocina que quería estudiar ingeniería en la universidad más prestigiosa del país. Había crecido en un pueblo pequeño, entre gente humilde y trabajadora, y desde niño armaba y desarmaba todo lo que caía en sus manos: radios, bicicletas, bombas de agua. Cuando el pozo del barrio se secó durante una sequía, fue él quien improvisó un sistema para llevar agua a los vecinos. Para Mateo, la ingeniería no era un título: era una forma de ayudar.
Pero había un problema enorme. La carrera costaba mucho más de lo que su familia podía pagar.
La decisión de doña Rosa
Su padre trabajaba en un taller mecánico por un sueldo modesto y su madre limpiaba casas por horas. Quien más sufría en silencio era doña Rosa, la abuela, de setenta y dos años, viuda desde hacía décadas. Una noche, mientras todos hacían cuentas sobre la mesa y ninguna cerraba, ella dejó la taza y dijo una frase que dejó a todos sin aire.
—Venderé la casa.
No era cualquier casa. Era la que había levantado ladrillo a ladrillo junto a su marido. Tenía el limonero que él plantó el día que nació su primera hija y la mesa de madera donde se habían sentado a comer generaciones de la familia. Su hijo intentó disuadirla, pero ella ya había decidido.
