Julián se fue un martes de marzo, seis semanas antes de que naciera nuestra hija. Hizo dos maletas, vació la cuenta de ahorros que teníamos juntos en Valparaíso y me dijo que se sentía atrapado. Que merecía volver a ser feliz. Cuando le pregunté cómo iba a arreglármelas durante la licencia, se encogió de hombros: “Tú eras la que quería este bebé”.
Después supe que se había ido con Paola, una compañera de su trabajo.
Sofía llegó antes de tiempo
El estrés me subió la presión. A las 33 semanas, en un control de rutina, mi médica dejó de sonreír y dos horas más tarde estaba en un quirófano. Sofía nació diminuta, enojada con el mundo y perfecta. Pasó sus primeros días en terapia intensiva neonatal, llena de cables, mientras yo le prometía en voz baja que íbamos a salir adelante.
Cuando le dieron el alta, todavía necesitaba medicamentos y sesiones de terapia respiratoria. Vendí mis aretes de oro, cancelé todo lo que pude y empecé a comer lo más barato del supermercado. Hasta que una tarde, en la farmacia, me dijeron un precio que no podía pagar.
La puerta que me cerraron en la cara
Llamé a Julián desde el estacionamiento, con Sofía dormida en el asiento de atrás. Le expliqué que necesitaba otra terapia, que él se había llevado nuestros ahorros. Se rio. “Tú decidiste tenerla. Es tu responsabilidad y tu problema.”
Aun así fui a verlo. Creí que si miraba a su hija a la cara algo se iba a mover dentro de él. Me abrió Paola, con una camisa de Julián, y gritó hacia adentro que “la mamá de tu hija” venía a pedir dinero otra vez. Julián apareció descalzo, apenas miró la sillita y me dijo que ya había rehecho su vida. Que me fuera.
Volví a casa vacía de lágrimas. Mi vecina, doña Carmen, me ayudó a subir a Sofía. Y entonces hice la llamada que nunca pensé que haría.
.
