hasta la noche en que mi jefa susurró: “Finge ser mi novio… y te daré lo más preciado que tengo.”
Yo era el tipo de persona que nadie notaba.
En la empresa, yo era “el asistente”: el tipo del café sin azúcar a las ocho en punto, el que organizaba la agenda, confirmaba reservas, corregía presentaciones y apagaba incendios que no eran míos. Me conformaba con eso, porque era lo que la vida me había dado: un cargo bonito en el currículum y una existencia discreta en la práctica.
Y ella… ella era lo opuesto a todo.
Elise Carón, mi jefa, directora asociada, era conocida por ser impecable… y fría. Tenía 35 años, el cabello castaño a la altura de los hombros, postura perfecta y ojos verdes que podían atravesarte como una cuchilla o fingir que no existías. Tacones que sonaban como martillos en el suelo, trajes entallados y un reloj suizo que valía más que mi alquiler anual.
Era respetada por todos… y amada por nadie.
Yo trabajaba en el segundo piso, en un open space ruidoso. Ella reinaba en el quinto, en una oficina acristalada con una vista privilegiada. Entre nosotros había tres pisos, un abismo social y una distancia emocional que parecía imposible de cruzar.
Yo era Julián Lambert, 24 años, criado en un barrio humilde. Un máster en una universidad pública, un departamento pequeño compartido con un compañero que tocaba guitarra eléctrica de madrugada y sueños que guardaba en silencio para no parecer ridículo.
Y pensaba que mi vida seguiría así: eficiente, discreta… invisible.
Hasta la noche de la fiesta.
La noche en que todo se puso de cabeza
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