Y sacó un sobre grueso, marrón, sellado con una cinta roja.
Lo dejó sobre el estrado del juez.
—Sí, su señoría. Firmé porque lo amaba. No me importaba el dinero. Pero… hay un anexo que él olvidó. Un punto sobre la propiedad intelectual.
Santiago frunció el ceño.
—¿Qué tontería es esa…?
Valeria soltó una carcajada.
—¿Propiedad intelectual? ¡Si tú eras mesera! Tú no eres nadie.
Elena giró hacia ella… y sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de alguien que estuvo mucho tiempo en silencio… y hoy decidió hablar con fuego.
—Yo estaba escondiéndome, Valeria —susurró—. Tomé un descanso de la vida que tú intentas copiar con tus diamantes.
El juez abrió el sobre.
Sacó documentos.
Leyó la primera hoja.
Luego la segunda.
Luego… su cara cambió.
Sus labios se quedaron sin color.
Sus ojos se abrieron con un miedo que no era compasión… era horror.
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