Era desprecio.
—Me fui porque tú metiste a esa en nuestro hogar —dijo, señalando a Valeria—. Yo regresé del supermercado… y sus bolsas estaban en el pasillo. Ella estaba en mi cocina… tomando mi té.
El juez golpeó el mazo.
—Esto no es una telenovela. Aquí hablaremos de hechos. Licenciado Paredes, continúe.
Adrián respiró con seguridad.
—Su señoría, solicitamos el divorcio por incompatibilidad. Y exigimos la ejecución del acuerdo prenupcial firmado hace cinco años. En caso de divorcio, la señora Elena Salgado recibe una compensación fija y renuncia a cualquier derecho sobre la empresa Salgado Tech y pensión alimenticia.
Valeria se inclinó hacia Santiago y susurró, cruel:
—Con eso no se compra ni mi bolsa.
Adrián siguió.
—Además, pedimos custodia total de los menores. Consideramos que la señora Salgado es financieramente inestable y emocionalmente incapaz. Mi cliente puede ofrecer escuelas privadas, niñeras, estabilidad. Ella vive en un departamento pequeño en Ecatepec. No es un lugar adecuado.
Elena recibió cada palabra como si fueran piedras.
No lloró.
No rogó.
Solo escuchó.
Cuando Adrián se sentó, triunfante, el juez miró a Elena.
—Señora Salgado… usted firmó ese contrato. ¿Tiene motivos legales para que no se ejecute?
Elena respiró profundo.
Metió la mano en su bolsa de lona.
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