Una pobre esposa llegó a la corte con gemelos. ¡La amante perdió los estribos cuando el juez reveló el secreto!

—Parece que durmió en una banca —murmuró.

Elena se sentó en su lugar. No tenía abogado. Solo dejó una bolsa de lona gastada sobre la mesa.

El juez la observó.

—Señora Salgado, llega tarde y no tiene representación legal. ¿Dónde está su abogado?

Elena se puso de pie.

—No tengo, su señoría. No puedo pagarlo. Hace tres semanas… Santiago congeló mis cuentas.

El murmullo explotó en la sala.

Santiago apretó el puño.

Era verdad, sí. Pero “era normal”, ¿no? Controlar bienes. “Proteger”.

Adrián se levantó rápido.

—Objeción. Mi cliente solo protegió el patrimonio común. Incluso le ofrecimos a la señora Salgado un apoyo económico generoso, que ella rechazó.

Elena giró hacia Adrián, con una mirada afilada.

—¿Generoso? Me ofrecieron quince mil pesos a la semana para renta, comida y pañales de dos niños… después de que él nos corrió de la casa.

Santiago se inclinó hacia el micrófono, incapaz de contenerse.

—¡Te fuiste por tu cuenta!

Elena lo miró, y por primera vez, el público sintió algo extraño:

No era tristeza.

 

 

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