A su izquierda iba Diego, con un traje azul marino perfectamente planchado. A su derecha, Sofía, con un vestido blanco y una cinta azul en la cintura.
Dos muñequitos impecables… contrastando con su madre desgastada.
Como si Elena hubiera decidido presentarse rota por fuera, pero invencible por dentro.
Caminó lento, firme, sosteniendo sus manos con fuerza.
Los zapatos pequeños de los gemelos resonaban “tic-tic-tic” sobre el mármol.
Elena no miró cámaras.
No miró al público.
Miró directo a Santiago.
—Estoy aquí —dijo, con voz clara, que se esparció por toda la sala—. Y traje a mis hijos… porque ellos merecen ver la verdad.
Valeria soltó una risa aguda.
—¡Qué ridiculez! —escupió—. ¿Traer niños a un juicio de divorcio? Dios mío, Santiago… tu ex no tiene clase.
—¡Orden! —rugió el juez, golpeando el mazo—. Una sola intervención más y la saco de la sala.
Valeria se quedó congelada, roja de rabia.
Elena siguió avanzando como si no existiera.
Adrián se inclinó hacia Santiago.
—Es una estrategia. Quiere dar lástima. Usted no reaccione. Manténgase frío.
Santiago sonrió sin emoción.
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