Valeria sonrió, acariciando la mano de Santiago como si ya fuera suyo.
—Y por fin nuestro hijo tendrá un apellido digno… —dijo con veneno dulce—. No como esos… “bultitos” que ella arrastra.
Se refería a los gemelos.
Diego y Sofía, tres años. Caritas iguales. Ojos grandes. Risas que a Santiago le molestaban porque exigían atención. Él nunca quiso ser padre. Elena sí.
Y, en el fondo, Santiago siempre creyó que ella lo “atrapó”.
El ujier golpeó el suelo con la vara.
—¡De pie!
Entró el juez Ignacio Robles. Un hombre mayor, cabello gris, mirada que parecía atravesar mentiras como si fueran vidrio. No sonreía. No fruncía el ceño. Solo existía como un muro.
—Siéntense.
El juez miró el escritorio vacío del lado izquierdo.
—La demandante está presente. ¿Dónde está la demandada?
Adrián se puso de pie con serenidad.
—Su señoría, al parecer la señora Salgado no se presentó. Solicitamos que se dicte sentencia en rebeldía a favor de mi cliente, el señor Santiago Salgado.
El juez miró su reloj.
—Son las 9:08. Le daré cinco minutos. Estamos hablando de custodia de menores. Lo tomo en serio.
Valeria bufó con fastidio, giró los ojos como si la maternidad fuera un estorbo ajeno.
Santiago apretó su rodilla por debajo de la mesa, ordenándole silencio.
Cinco minutos pasaron como gotas pesadas.
El murmullo del público crecía. La prensa estaba ahí. Ese divorcio era un espectáculo: “El magnate cambió a su esposa humilde por una mujer de clase”.
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