Una pobre esposa llegó a la corte con gemelos. ¡La amante perdió los estribos cuando el juez reveló el secreto!

Una pobre esposa llegó a la corte con gemelos. ¡La amante perdió los estribos cuando el juez reveló el secreto!

El aire del Juzgado Familiar de la Ciudad de México olía a cera, café caro y nervios contenidos.

El sonido de los tacones sobre el mármol era como un metrónomo de poder. Santiago Salgado, CEO de Salgado Tech, ajustó con calma el puño de su camisa italiana, como si aquel día fuera solo otra reunión de negocios. Miró su reloj de lujo.

9:05 a.m.

—Típico de Elena… —murmuró con una sonrisa torcida—. Siempre tarde.

A su lado, en primera fila, Valeria Serrano cruzó las piernas lentamente, como si la corte fuera su pasarela privada. Llevaba un traje blanco impecable, joyas que relucían con arrogancia, y esa seguridad de mujer que ya se imaginaba esposa oficial.

—¿Y si no viene? —susurró Valeria, lo bastante alto para que los reporteros lo escucharan—. Quizá por fin entendió que no puede contra nosotros.

Santiago soltó una risa pequeña, sin humor real.

—Va a venir —dijo—. Ella cree que con llorar el juez le va a regalar la casa. No entiende que aquí mandan los contratos… no las lágrimas.

Su abogado, Lic. Adrián Paredes, un hombre de traje gris y mirada fría, ordenaba documentos con precisión quirúrgica. Era el tipo de abogado que nunca perdía. El tipo de hombre que convertía vidas en cifras.

Sobre la mesa había una carpeta gruesa:

Acuerdo prenupcial.

Blindado. Perfecto. Mortal.

—No se preocupe, señor —aseguró Adrián sin levantar la vista—. A las doce usted estará libre. Y ella… no tendrá nada.

 

 

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