Pero cuando me di la vuelta, los camareros ya los estaban escoltando afuera.
Se quedaron allí, temblando, sin silla, sin agua. Sentí una opresión en el pecho, pero la ceremonia me arrastró.
Durante el banquete, Javier se movía constantemente, mirando hacia las puertas. Al terminar la celebración, la pareja seguía esperando. Me acerqué a ellos. El hombre susurró con voz débil:
“Señorita, gracias por preocuparse, pero no nos atrevimos… solo queríamos volver a ver a nuestro hijo Javier.”
Me quedé congelado:
“¿Lo…conoces?”
La mujer sollozó:
Es nuestro hijo. Pero ya no nos acepta.
Mi corazón latía con fuerza. Javier siempre había dicho que era huérfano. Nervioso, lo llamé:
Javier, dicen que son tus padres. ¿Qué pasa?
Él palideció, tartamudeando:
—Mariana, descuidalos. Están equivocados.
Pero sus ojos delataban la verdad. Exigí respuestas.

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