Una nutria de vista aguda apareció ante los hombres para pedirles ayuda y, en agradecimiento, les ofreció una recompensa muy generosa.

Era pleno agosto.
Una suave brisa marina acariciaba los rostros de los pescadores. El sol, aún generoso para el final del verano, proyectaba destellos de luz sobre la superficie. El muelle no tenía nada de especial: tablones desgastados, cabos crujientes, un aroma a algas y sal mezclados. Todos los días eran iguales: enjuagando redes, cargando cajas, hablando del tiempo y de golpes de suerte. Nada presagiaba algo extraordinario.

Sin embargo, emergió… del fondo del agua.

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Un golpe sordo, un chapoteo; algo saltó a la madera. Todos se giraron. Una nutria —un macho— estaba allí, empapada, temblando, con los ojos abiertos de angustia y súplica. No retrocedió, no se escondió como la mayoría de los animales salvajes. No. Fue de hombre en hombre, rozó un pantalón con la punta de la pata, emitió un gemido leve, casi infantil, y luego regresó corriendo al borde.

"¿Qué es este circo?", refunfuñó un marinero, soltando su amarra.
"No importa, tarde o temprano se irá."

Ella no se iba. Estaba rogando.

Un anciano, con la piel bronceada por el viento y el sol —Igor— comprendió antes que los demás. No era científico ni especialista, pero en sus ojos se reflejaba algo antiguo: la intuición, el recuerdo de una época en la que el hombre aún sabía escuchar a la naturaleza.

"Espera...", susurró. "Quiere que la sigamos".

Dio un paso. Inmediatamente, la nutria saltó y se giró para comprobar que venía.

Entonces Igor vivió.

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