Su abanico de nácar temblaba levemente en sus manos mientras intentaba mantener una sonrisa digna, pero por dentro se iba desmoronando pedazo a pedazo.
Cuando el baile terminó y la familia regresó a casa en su carruaje dorado, el silencio habló más fuerte que cualquier reproche.
Al día siguiente, don Patricio citó a su hija a su despacho.
Las paredes cubiertas de libros de leyes y mapas de sus extensas propiedades fueron testigos silenciosos de la conversación que cambiaría para siempre el destino de Jimena.
El hombre caminaba de un lado a otro, golpeando rítmicamente su bastón de caoba contra el suelo de madera, mientras buscaba las palabras adecuadas para expresar su frustración.
—Chimenea —comenzó finalmente, sin mirarla a los ojos.
“Tienes 24 años.
A tu edad, tu madre ya había dado a luz tres hijos y cimentado alianzas que beneficiaron mucho a esta familia, pero te detuviste, señalándola vagamente.
Ha resultado ser una inversión fallida, una vergüenza para el nombre Vázquez de Coronado”.
Las palabras golpearon a Jimena como si fueran martillazos.
Había escuchado variaciones de ese discurso durante años, pero nunca expresadas de manera tan cruda.
Sus manos se apretaron en puños sobre su regazo mientras luchaba por mantener la compostura.
-He decidido -continuó su padre- que es hora de encontrar una solución definitiva a su situación.
Mañana llegará al fuerte militar un prisionero apache, un guerrero capturado durante las últimas escaramuzas en la frontera.
Don Patricio se detuvo frente a su escritorio de caoba, tomando en sus manos un documento oficial.
Las autoridades aceptaron mi propuesta.
Serás entregado a este salvaje como su compañero.
Así, al menos serás útil para mantener bajo control a un prisionero peligroso.
El mundo de Jimena se estremeció.
Por unos segundos pensó que había oído mal.
—Padre —murmuró con voz temblorosa.
—Lo dices en serio, completamente en serio —respondió con frialdad gélida.
Ya no puedo mantener a una hija que no aporta nada a esta familia. Hija de la Opulencia.
Al menos de esta manera tu existencia tendrá algún propósito.
Evitarás que tengamos que ejecutar a Pache y por fin tendrás un marido, aunque sea un salvaje.
Jimena se levantó lentamente, sintiéndose como si flotara fuera de su propio cuerpo.
“¿Me estás vendiendo a un prisionero de guerra?”, preguntó su voz, apenas un susurro.
—Te estoy dando la oportunidad de ser útil por primera vez en tu vida —respondió don Patricio sin una pizca de compasión.
El nombre del apache es Tlacael.
Mañana será trasladado al territorio que le fue asignado como reserva.
Considere este como un matrimonio arreglado, sólo que con alguien de su nivel.
Esa noche, mientras guardaba sus pocas pertenencias personales en un baúl de cuero, Jimena lloró por primera vez en años.
Pero entre las lágrimas de dolor y humillación, algo inesperado comenzó a germinar: un extraño sentimiento de liberación.
Por primera vez en su vida, estaría lejos de las miradas despectivas, de los comentarios crueles, de la constante sensación de ser una decepción viviente.
Al amanecer, cuando el carruaje se alejaba de la mansión familiar, llevándola hacia lo desconocido, Jimena no miró atrás.
Ella no sabía que se dirigía hacia el encuentro que transformaría su vida de maneras que nunca hubiera imaginado posibles.
El territorio apache se extendía bajo el sol implacable como una tierra olvidada por Dios, donde las rocas rojas contrastaban con el cielo azul intenso y el viento transportaba historias de libertad y resiliencia.
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