Una niña y su perro K9 descubren a dos policías enterrados vivos. ¡Su siguiente movimiento sorprendió a todos!

—La banda… la que estamos investigando. No querían testigos.

Renata sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío. Eso no había sido un accidente. Alguien los había enterrado a propósito, confiando en que la tormenta borraría todo.

Si Max no hubiera olido algo.
Si ella no se hubiera perdido.
Nunca los habrían encontrado.

Los cubrieron con mantas térmicas, los conectaron a oxígeno portátil y los subieron a una camioneta preparada con cadenas para nieve. Uno de los paramédicos miró a Renata con asombro.

—Si no los hubieras encontrado, niña… —dijo—. No aguantaban otra hora.

Renata miró a Max. El perro, cansado, tenía el hocico lleno de escarcha, pero la cola se movía lentamente.

—Los encontró él —corrigió.

El hospital de la cabecera municipal olía a desinfectante y café recalentado. Los pasillos eran cálidos, demasiado brillantes después de la tormenta.

Renata estaba sentada en una silla de plástico, envuelta en una cobija. Max dormía a sus pies, finalmente relajado. Sus ojos se le cerraban de sueño, pero la adrenalina no la dejaba descansar.

La puerta del pasillo se abrió de golpe.

—¡Renata! —La voz de su mamá cortó el murmullo del hospital.

Leticia cruzó corriendo, el uniforme blanco manchado de lágrimas. Diego venía detrás, pálido, con la mirada asustada. Ambos se lanzaron sobre ella, abrazándola.

 

 

 

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