Treinta minutos después, el Mercedes-Benz negro avanzaba lentamente por calles sin pavimentar, esquivando charcos, perros callejeros y niños que corrían descalzos. Las casas eran pequeñas, humildes, pintadas con restos de pintura de distintos colores. Algunos vecinos se quedaban mirando el auto, como si un ovni hubiera aterrizado en medio del barrio.
Laura bajó del coche con su traje a la medida y su reloj suizo brillando al sol. Se sintió fuera de lugar, pero lo disimuló levantando la barbilla y caminando con paso firme. Llegó hasta una vivienda azul desteñida, con una puerta de madera agrietada y el número 847 apenas visible.
Golpeó con fuerza.
Silencio.
Luego, voces infantiles, pasos apresurados, el llanto de un bebé.
La puerta se abrió lentamente.
El hombre que apareció no era el Carlos impecable que ella veía cada mañana en la oficina. Sujetando a un bebé con un brazo, vestido con una camiseta vieja y un delantal manchado, el cabello revuelto y profundas ojeras marcándole el rostro, Carlos se quedó paralizado al verla.
—¿Señora Mendoza…? —su voz fue un hilo de miedo.
—Vine a ver por qué mi oficina está sucia hoy, Carlos —dijo ella con una frialdad que cortaba el aire.
Laura intentó entrar, pero él bloqueó el paso instintivamente. En ese momento, un grito desgarrador de un niño rompió la tensión. Sin pedir permiso, Laura empujó la puerta.
El interior olía a sopa de frijoles y a humedad. En un rincón, sobre un colchón viejo, un niño de apenas seis años tiritaba bajo una manta delgada.
Pero lo que hizo que el corazón de Laura —ese órgano que ella creía hecho de puro cálculo— se detuviera, fue lo que vio en la mesa del comedor.
Allí, rodeada de libros de medicina y frascos vacíos, había una fotografía enmarcada. Era una foto de su propio hermano, Daniel, quien había muerto en un trágico accidente hacía quince años.
Al lado de la foto, un colgante de oro que Laura reconoció de inmediato: la reliquia familiar que desapareció el día del entierro.
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