Laura Mendoza estaba acostumbrada a que todo en su vida funcionara con la precisión de un reloj suizo. Dueña de un imperio inmobiliario, multimillonaria antes de los cuarenta, vivía rodeada de cristal, acero y mármol. Sus oficinas ocupaban los pisos más altos de un rascacielos frente al mar, y su penthouse era portada frecuente de revistas de negocios y arquitectura. En su mundo, la gente se movía rápido, obedecía sin cuestionar y nadie tenía tiempo para debilidades.
Aquella mañana, sin embargo, algo le había hecho perder la paciencia. Carlos Rodríguez, el hombre que limpiaba su oficina desde hacía tres años, había vuelto a faltar. Tres ausencias en un solo mes. Tres. Y siempre con la misma excusa:
—Emergencias familiares, señora.
—¿Hijos…? —murmuró con desdén mientras se acomodaba el blazer de diseñador frente al espejo—. En tres años nunca mencionó ni uno.
Su asistente, Patricia, intentó calmarla, recordándole que Carlos siempre había sido puntual, discreto y eficiente. Pero Laura ya no escuchaba. En su mente, aquello era simple: irresponsabilidad disfrazada de drama personal.
—Dame su dirección —ordenó, seca—. Voy a comprobar por mí misma qué clase de “emergencia” tiene.
Minutos después, el sistema le mostró la dirección: Calle Los Naranjos 847, Barrio San Miguel. Un barrio obrero, lejos —muy lejos— de sus torres de cristal y áticos con vista al océano. Laura esbozó una media sonrisa cargada de superioridad. Ya estaba lista para poner las cosas en su lugar.
No imaginaba que, al cruzar esa puerta, no solo cambiaría la vida de un empleado… sino que su propia existencia entera se pondría patas arriba.
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