Lo que comenzó como un funeral tranquilo se convirtió en un misterio aterrador que nadie esperaba… y lo que el pequeño niño reveló lo cambiaría todo.
La habitación olía a lirios blancos, madera pulida y tristeza.
Familiares, vecinos y viejos amigos se agolpaban en la pequeña habitación; sus rostros reflejaban dolor y sus murmullos eran apagados. En el centro, un sencillo ataúd de madera estaba ligeramente abierto, revelando el rostro de Mariana López, de 32 años: madre, esposa, una mujer arrastrada por el río tres días antes.
Dijeron que fue un accidente.
Dijeron que se ahogó.
Su cuerpo estaba hinchado y dañado, pero la ropa y el collar coincidían con los de Mariana.
Así que se llevaron el ataúd a casa.
Su esposo, Diego, estaba sentado en un rincón, con los ojos enrojecidos. Su hijo de cinco años, Jim, sostenía su juguete y miraba el ataúd en silencio.
Hasta que intentaron cerrarlo.
El sacerdote dio la bendición final. Los portadores del féretro comenzaron a cerrar el ataúd.
De repente, Jim gritó:
¡PARA! ¡PARA! —se lanzó hacia el ataúd, sollozando—. ¡Mamá dijo que no era ella!
El aire se volvió helado.
—Jim... —murmuró Diego, arrodillándose a su lado—. Mi amor, ¿qué dices?
—¡No es mi mamá! —gritó Jim, con lágrimas en los ojos—. ¡Mamá dijo que no era ella la que estaba adentro! ¡Mamá dijo que todavía tenía frío, miedo y no podía respirar!
El silencio se volvió eléctrico.
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