Una joven humilde fue rechazada en la entrevista por su ropa… sin notar que el millonario vio todo.

La música se detuvo, pero ellos no se separaron. Se miraron en silencio, dos almas de mundos distintos reconociéndose en medio de la multitud.

El viaje de regreso fue silencioso, cargado de palabras no dichas. Al llegar al humilde edificio de apartamentos de Marisol, Antonio apagó el motor. La calle estaba oscura y tranquila.

—No quiero que esto termine aquí —dijo Antonio, girándose hacia ella—. No hablo de la noche. Hablo de nosotros. —Antonio… somos de mundos diferentes —dijo Marisol, con la voz quebrada por la emoción—. Tú vives en un ático, yo aquí. Tu mundo no acepta al mío. Mañana, en la oficina, todo volverá a ser… —Al diablo la oficina —exclamó él con pasión—. Al diablo los mundos. Mi mundo estaba vacío hasta que tú llegaste con tu carpeta gastada y tu dignidad intacta. Tú llenaste los espacios que ni siquiera sabía que tenía vacíos. No me importa lo que diga la gente. Me importas tú.

Marisol sintió que las lágrimas finalmente se desbordaban. Era el sueño imposible hecho realidad, pero el miedo seguía ahí, agazapado. —Tengo miedo, Antonio. Miedo a que te des cuenta de que no encajo en tu vida. —Entonces déjame demostrarte que sí encajas. Déjame entrar en tu vida. Invítame a cenar. Aquí. Ahora. Quiero conocer tu mundo, el real. Quiero conocer a la mujer que te crió para ser tan maravillosa.

Marisol lo miró, buscando cualquier rastro de duda o burla. Solo encontró amor y determinación. Sonrió entre lágrimas y asintió. —Está bien. Pero te advierto que mamá hace muchas preguntas. Y la cena es frijoles con tortillas. —Suena como el mejor banquete de mi vida —respondió Antonio, sonriendo como un niño.

Subieron las escaleras juntos, la mano de él apretando la de ella con fuerza. Cuando entraron al pequeño apartamento, Elena los recibió con sorpresa, pero al ver la forma en que el millonario miraba a su hija, supo que todo estaba bien.

Antonio se quitó el saco, se arremangó la camisa de mil dólares y se sentó en la mesa de formica coja. Comió con gusto, escuchó las historias de Elena, rió con ganas y, por primera vez en años, se sintió en casa. No había camareros, ni lujos, ni pretensiones. Había calor humano.

Esa noche, en la puerta del apartamento, antes de irse, Antonio tomó el rostro de Marisol entre sus manos. —Gracias —le dijo, mirándola con devoción—. Por devolverme la vida. Por enseñarme que el valor de una persona no está en su ropa, sino en su corazón. —Gracias a ti —respondió ella—, por ver más allá del cristal.

Se besaron suavemente, un beso que sabía a promesas y a futuro. No fue un final de cuento de hadas donde la pobreza desaparece mágicamente, sino el comienzo de una historia real, de dos personas dispuestas a construir un puente entre sus mundos, ladrillo a ladrillo, basándose en el respeto, la admiración y un amor profundo que nació de una mirada a través de un vidrio.

Marisol vio cómo el coche de Antonio se alejaba, pero esta vez no sintió la distancia. Sabía que al día siguiente, cuando entrara a la oficina, no sería solo la asistente. Sería la compañera, la igual, la mujer amada. Y sabía, con absoluta certeza, que nunca más dejaría que nadie la hiciera sentir menos por su ropa, porque ahora vestía la prenda más valiosa de todas: la seguridad de ser amada por quien realmente era.

Desde la ventana, Elena observaba sonriendo, mientras la lluvia había cesado y una luna brillante iluminaba la ciudad, recordándoles a todos que, a veces, los milagros ocurren en las entrevistas de trabajo más desastrosas, y que el amor verdadero no entiende de códigos postales ni de etiquetas de diseñador.

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