Los ojos de Elena se iluminaron. A pesar de la enfermedad que consumía sus fuerzas, se levantó con dificultad y fue hacia el viejo armario de madera. —Entonces necesitas esto —dijo, sacando una funda de plástico—. Era de tu tía Carmen. Lo guardé para una ocasión especial. Creo que esa ocasión es hoy.
Era un vestido azul marino, de corte clásico, tela pesada y buena caída. Antiguo, sí, pero elegante y digno. Cuando Marisol se lo probó frente al espejo picado del baño, no vio a la chica pobre que contaba las monedas para el pan. Vio a una mujer fuerte. Vio a la hija de Elena.
Esa noche, Marisol apenas durmió. Miraba el techo, ensayando respuestas, imaginando escenarios. No sabía que su vida estaba a punto de dar un giro de ciento ochenta grados, ni que aquel hombre misterioso que había movido los hilos no solo buscaba una empleada, sino que, sin saberlo, estaba buscando a alguien que le devolviera la fe en la humanidad.
Al amanecer, Marisol se alisó el vestido, levantó la barbilla y salió a enfrentar su destino. El cielo estaba despejado, pero una tormenta de emociones se gestaba en su interior, una tormenta que estaba a punto de chocar con la calma imperturbable de Antonio Tabáres.
Un encuentro estaba por suceder, uno que desafiaría las probabilidades y reescribiría las reglas de sus dos mundos opuestos.
El ascensor privado subía a una velocidad vertiginosa, haciendo que se le taparan los oídos, pero el zumbido en la cabeza de Marisol no era por la presión, sino por los nervios. Cuando las puertas de metal pulido se abrieron en el piso cuarenta, se encontró en un vestíbulo silencioso, decorado con obras de arte que probablemente costaban más que todo su barrio.
—Pase, el señor Tabáres la espera —dijo una secretaria con una sonrisa mucho más amable que la del día anterior.
Al entrar al despacho, la inmensidad del espacio la golpeó. Ventanales de piso a techo mostraban la Ciudad de México a sus pies, un mar de concreto y luz. Y allí, de pie junto al escritorio, estaba él. Antonio Tabáres era más alto de lo que parecía en las fotos, con una presencia magnética que llenaba la habitación. Se giró lentamente y sus ojos oscuros se clavaron en los de ella con una intensidad que la hizo estremecer.
—Buenos días, señorita de Campos —dijo él, su voz grave y calmada—. Gracias por volver.
—Buenos días, señor Tabáres —respondió Marisol, sorprendiéndose de la firmeza de su propia voz—. Gracias por la oportunidad. Aunque, si soy sincera, no entiendo qué hago aquí después de lo de ayer.
Antonio sonrió, una sonrisa pequeña y enigmática que suavizó sus facciones severas. —Ayer cometimos un error. Mis empleados juzgaron el libro por la portada. Yo prefiero leer el contenido.
Le indicó una silla y la entrevista comenzó. No fue un interrogatorio estándar. No le preguntó por sus debilidades o dónde se veía en cinco años. Le preguntó sobre cómo había manejado la crisis en su anterior empleo cuando la empresa quebró. Le preguntó sobre su madre. Le preguntó qué haría ella si tuviera que negociar con alguien que la despreciaba.
Marisol respondió con la verdad, sin adornos. Habló de la necesidad, de la lealtad, del ingenio que nace cuando no hay recursos. Antonio la escuchaba fascinado. Cada respuesta confirmaba lo que había intuido: tenía ante él a un diamante en bruto.
—El puesto es suyo —dijo Antonio repentinamente, cerrando la carpeta—. Asistente Ejecutiva de Presidencia. El salario es el triple de lo que pedía. Incluye seguro médico completo para usted y sus familiares directos.
Marisol sintió que el aire se le escapaba. ¿Seguro médico? Eso significaba el tratamiento de su madre. Significaba vida. Las lágrimas amenazaron con salir, pero las contuvo. —¿Por qué? —preguntó, su voz apenas un susurro—. ¿Por qué yo?
Antonio se inclinó sobre el escritorio, mirándola fijamente. —Porque en un mundo de tiburones, necesito a alguien que no sangre ante la primera mordida. Y porque… —hizo una pausa, como si estuviera a punto de decir algo más personal, pero se detuvo— porque usted tiene algo que el dinero no compra: dignidad.
Así comenzó una relación laboral que pronto se convirtió en leyenda dentro de la empresa. Marisol aprendió rápido. Su capacidad de organización era impecable, pero lo que realmente la hacía indispensable era su instinto. Sabía cuándo Antonio estaba agobiado y necesitaba silencio. Sabía distinguir a los aduladores de los socios honestos. Se convirtió en su sombra, su filtro, su mano derecha.
Y Antonio, el hombre de hielo, empezó a descongelarse.
Empezó con pequeños detalles. Un café traído por ella exactamente como le gustaba, sin que él lo pidiera. Una broma compartida tras una reunión tensa. Antonio se descubrió a sí mismo buscando excusas para llamarla a su despacho, no para trabajar, sino para escuchar su opinión, para ver cómo sus ojos se iluminaban cuando hablaba con pasión.
Se dio cuenta de que Marisol no le tenía miedo. Lo respetaba, sí, pero no lo adulaba. Si él estaba equivocado, ella se lo decía con respeto pero con firmeza. Esa honestidad era como agua fresca en el desierto de su vida.
El punto de quiebre llegó tres meses después. La Gala Anual de la Industria. El evento social más importante del año, donde se cerraban tratos millonarios entre copas de champán.
—Necesito que me acompañes —dijo Antonio un martes por la tarde, sin levantar la vista de sus documentos. —Por supuesto, señor. Prepararé los informes y la agenda para… —No —la interrumpió, mirándola—. No como secretaria. Como mi pareja.
El silencio en el despacho fue absoluto. —Señor Tabáres, eso no sería apropiado. Soy su empleada. La gente… —La gente hablará de todos modos. Necesito a alguien de confianza a mi lado. Hay un inversor, el señor Mendoza, que es de la vieja escuela. Valora la familia, los valores. Si voy con una modelo contratada o solo, desconfiará. Contigo… contigo es diferente. Eres real.
Marisol aceptó a regañadientes, impulsada por un sentido del deber y, en el fondo de su corazón, por un deseo secreto que no se atrevía a nombrar.
La noche de la gala, Marisol estaba aterrorizada. Había usado parte de sus ahorros para comprar un vestido nuevo, uno sencillo de color vino, elegante y discreto. Cuando Antonio pasó a recogerla en su coche deportivo, se quedó mudo por un momento. No era la ropa. Era ella. Marisol brillaba con luz propia.
—Estás… impresionante —murmuró Antonio, abriéndole la puerta. —Usted tampoco se ve mal, jefe —respondió ella, intentando aligerar la tensión eléctrica que crepitaba entre ambos.
La gala fue un torbellino de luces, música y miradas curiosas. Todos querían saber quién era la misteriosa mujer del brazo de Antonio Tabáres. Marisol, lejos de amilanarse, sacó la casta. Conversó con fluidez, demostró su cultura y su inteligencia. El señor Mendoza quedó encantado con ella, y el trato se cerró antes del postre.
Pero el momento culminante llegó cuando la orquesta comenzó a tocar un vals suave. —¿Me concede este baile, señorita de Campos? —preguntó Antonio, extendiendo su mano.
Marisol dudó. Estaban cruzando una línea peligrosa. Pero al mirar los ojos de Antonio, vio algo que la desarmó: vulnerabilidad. Él la necesitaba. Y ella, Dios, ella lo necesitaba a él.
Tomó su mano. Al sentir el contacto de su piel, el mundo alrededor desapareció. Bailaron en el centro de la pista, moviéndose como uno solo. Antonio la acercó un poco más de lo protocolario, su mano firme en la cintura de ella.
—Marisol —susurró él cerca de su oído, enviando escalofríos por su espalda—. Hoy has brillado más que nadie en este salón. No por el vestido, ni por el negocio. Por ti. —Solo hago mi trabajo, Antonio —respondió ella, usando su nombre por primera vez sin el “señor”. —No. Esto no es trabajo. Llevo meses intentando convencerme de que es solo admiración profesional. Pero esta noche, viéndote aquí, riendo, siendo tú misma… ya no puedo mentirme.
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