Una joven humilde fue rechazada en la entrevista por su ropa… sin notar que el millonario vio todo.

—¿Quién es ella? —preguntó Antonio, su voz grave rompiendo el silencio de la sala de observación.

Su director de Recursos Humanos, Ramón, apenas levantó la vista de su tablet. —Nadie importante, señor. Una tal Marisol de Campos. Su currículum es… adecuado, pero su presentación personal es lamentable. No tiene el porte para una empresa de este nivel. Ya hemos seleccionado a Daniela Morales, la hija del senador, para el puesto.

Antonio sintió una oleada de irritación. Recordó sus propios orígenes, la historia de su abuelo llegando a la ciudad con una maleta de cartón y un sueño. ¿En qué momento su empresa se había convertido en un club exclusivo para la élite, ciego al verdadero talento?

—Quiero ver su expediente —ordenó, extendiendo la mano.

Ramón parpadeó, confundido. —¿El de Daniela? —No. El de la joven que acaban de rechazar por ser pobre.

Mientras leía los papeles, una sonrisa imperceptible curvó los labios de Antonio. Calificaciones perfectas. Recomendaciones brillantes. Una vida de lucha escrita entre líneas: becas, trabajos de medio tiempo, cuidado de una madre enferma. Esta mujer no solo era capaz; era una guerrera. Y su empresa, llena de ejecutivos blandos que nunca habían conocido la verdadera adversidad, necesitaba desesperadamente a alguien así.

—Llámala —dijo Antonio, devolviendo la carpeta—. Que venga mañana. —Pero señor, ya le dijimos que no. Además, el puesto de analista ya está… —No la quiero para analista —interrumpió Antonio, girándose para mirar por la ventana hacia la calle, donde una figura pequeña con un paraguas roto se alejaba bajo la lluvia—. La quiero para mi oficina personal. Como mi Asistente Ejecutiva.

Ramón palideció. —Señor Tabáres, ese puesto requiere… tacto, imagen, roce social… —Ese puesto requiere a alguien en quien yo pueda confiar, Ramón. Alguien que no se doble ante la primera dificultad. Alguien real. Llámala ahora mismo.

 


Marisol ya estaba en el autobús, con la frente apoyada en el cristal frío, viendo la ciudad desdibujarse bajo el aguacero. Pensaba en su madre, Elena, esperando en casa con la esperanza brillando en los ojos. ¿Cómo decirle que había fallado otra vez? ¿Cómo explicarle que el mundo no valoraba el esfuerzo, sino la apariencia? Su teléfono vibró en el bolsillo. Un número desconocido.

Dudó, pero contestó. La voz al otro lado era tensa, casi renuente. —¿Señorita de Campos? Habla la asistente de la Dirección General de Grupo Tabáres. Ha habido… un cambio de planes. El señor Antonio Tabáres solicita su presencia mañana a las nueve en punto. Personalmente.

El corazón de Marisol dio un vuelco violento contra sus costillas. ¿Antonio Tabáres? ¿El dueño? ¿El hombre que aparecía en las revistas de negocios como el “Soltero de Oro” y el tiburón de las finanzas? Debía ser un error. O una broma cruel.

—¿El señor Tabáres? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Para qué? —Para una entrevista, señorita. No llegue tarde.

La llamada se cortó. Marisol se quedó mirando el teléfono, aturdida. Una mezcla de miedo y esperanza la invadió. Sabía que esta era su última oportunidad, el salvavidas que necesitaba antes de hundirse. Pero también sabía que entraría a la boca del lobo, a lo más alto de esa torre de cristal que hoy la había escupido.

Al llegar a su pequeño apartamento, el olor a sopa caliente y medicinas la recibió. Su madre tosió desde la habitación, pero sonrió al verla entrar. —¿Cómo te fue, mi niña?

Marisol respiró hondo, tragándose el miedo. —Mañana tengo otra entrevista, mamá. Con el dueño.

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