Una joven humilde fue rechazada en la entrevista por su ropa… sin notar que el millonario vio todo.

La lluvia golpeaba con insistencia los ventanales del imponente edificio corporativo del Grupo Tabáres, como si el cielo mismo llorara la injusticia que acababa de ocurrir en la planta baja. Marisol de Campos, con sus manos ásperas por el trabajo y el corazón estrujado por la decepción, recogió su currículum de la mesa de caoba. La mujer frente a ella, impecable en un traje de sastre gris perla, ni siquiera tuvo la delicadeza de mirarla a los ojos mientras pronunciaba la sentencia.

—Lo sentimos, señorita de Campos. Su perfil no encaja con la imagen que buscamos proyectar en esta empresa.

La frase quedó flotando en el aire frío de la oficina, cargada de un subtexto cruel que Marisol entendió a la perfección. No era su título universitario de la UNAM, obtenido con honores y noches sin dormir, lo que fallaba. No era su experiencia, ni sus cartas de recomendación, ni su dominio del inglés y el francés. Era su blusa blanca, limpia pero sencilla, comprada en un mercado tres años atrás. Era su falda azul marino, cuyos bordes deshilachados había remendado con esmero la noche anterior. Eran sus zapatos, desgastados por caminar kilómetros para ahorrar el pasaje del autobús.

Advertisement

—Entiendo. Gracias por su tiempo —respondió Marisol con una dignidad que contrastaba dolorosamente con la humillación que ardía en sus mejillas.

Se levantó, irguió la espalda y caminó hacia la salida con paso firme, negándose a permitir que vieran una sola lágrima. Lo que Marisol no sabía, lo que no podía siquiera imaginar mientras cruzaba el vestíbulo de mármol sintiéndose pequeña e insignificante, era que la escena no había pasado desapercibida.

Tras un espejo unidireccional que daba a la sala de entrevistas, Antonio Tabáres, el dueño de todo aquel imperio, había observado cada segundo. A sus 35 años, Antonio estaba cansado. Cansado de la falsedad, de las sonrisas ensayadas, de los trajes caros que escondían incompetencia y de las personas que solo veían en él una cuenta bancaria. Había bajado a observar las entrevistas buscando distraerse, pero lo que encontró fue algo que no veía hacía años: autenticidad.

Vio cómo Marisol apretaba su bolso gastado no con miedo, sino con determinación. Vio cómo levantaba la barbilla ante el desdén de la reclutadora. Vio un fuego en sus ojos que el dinero no podía comprar.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.