Una estudiante universitaria con dificultades pasó una noche con su jefe multimillonario para cubrir las facturas médicas de su madre, pero lo que sucedió después de esa noche transformó su vida para siempre.

Se suponía que el ático con vistas a la ciudad no sería más que una transacción. Emma se lo recordaba una y otra vez: se trataba de sobrevivir, nada más.

Pero entre la vergüenza y la culpa, no podía ignorar la extraña atracción que sentía hacia Daniel. Su presencia era intensa, imponente, pero en momentos fugaces, inesperadamente suave.

A la mañana siguiente, un cheque reposaba en sus manos temblorosas, más que suficiente para salvar a su madre. El alivio debería haberla invadido por completo. En cambio, se sentía vacía, como si hubiera perdido algo que jamás podría recuperar.

Se dijo a sí misma que se había acabado. Pero estaba equivocada.

Un foco no deseado

De vuelta en la empresa, Daniel ya no la trataba como una becaria anónima. La invitaba a las reuniones, le asignaba tareas con las que otros solo podían soñar y la observaba con una intensidad que la inquietaba.

Los rumores comenzaron a extenderse. Las acusaciones de favoritismo inundaron los pasillos, aislando a Emma de sus colegas. Pero Daniel insistió, impasible. Visitó a su madre en el hospital, la envió a casa en su elegante coche e incluso la invitó a cenar.

Emma se resistió, con la voz cargada de amargura. Para ella, esa noche había sido cuestión de supervivencia. Para él, se estaba convirtiendo en algo más.

“No eres como los demás”, le dijo una noche.

Ella rió con amargura. "¿No soy solo la chica que compraste?"

Apretó la mandíbula. "No. Eres diferente."

Emma quería odiarlo. Pero bajo su ira, no podía evitar la forma en que la miraba: no como una carga, sino como alguien por quien valía la pena luchar.

Recuperándose a sí misma

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