“Entonces tal vez este sea tu comienzo”.
Esa mañana, Ricardo irrumpió por la puerta, con la corbata desatada y el rostro pálido.
¿Dónde estabas? ¿Por qué te marchaste? ¿Sabes lo ridícula que me hiciste quedar?
Dolores lo miró tranquilamente desde la cocina.
¿Qué tontería? ¿Después de lo que me hiciste?
Él le restó importancia con un gesto.
¡Bah! Es solo una broma. Nunca has tenido sentido del humor.
Ella lo miró fijamente, recordando la advertencia de Rosales: Si sospecha que hablaste, puede intentar silenciarte.
Horas después, al ponerse el sol, aparecieron unas camionetas negras. Ricardo fue el primero en darse cuenta.
"Qué demonios-?"
Un golpe sacudió la puerta.
¡Fiscalía General! ¡Abran!
Ricardo se giró hacia ella con los ojos encendidos.
"¿Qué hiciste?"
Dolores lo miró a los ojos, firme.
“Lo que debería haber hecho hace mucho tiempo”.
La puerta se abrió de golpe. Los agentes irrumpieron, esposando a Ricardo mientras él maldecía y forcejeaba. Los vecinos se asomaron por las ventanas mientras se llevaban a rastras al hombre que una vez dominó cada rincón de su vida.
Esa noche, la casa estaba en silencio. Pero por primera vez en décadas, el silencio no era sofocante, sino libertad.
Las cicatrices de la humillación persistían, pero ya no la poseían. Los agentes le habían prometido protección, un nuevo comienzo. E incluso antes de terminar el papeleo, Dolores supo que por fin había recuperado lo que Ricardo le había robado: su voz.
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