La niña estaba sentada al borde de la cama, llorando en silencio; un moretón oscuro le marcaba el brazo. Rubén le agarró la muñeca, hablándole cerca de la cara con un tono amenazante y controlador. El terror de la niña era inconfundible.
El corazón de Mariela se aceleró. Sabía que algo andaba terriblemente mal. Esa noche, decidió actuar.
La decisión que nadie más se atrevió a tomar
De vuelta en la oficina, Mariela caminaba de un lado a otro con manos temblorosas. La asaltaban las dudas: ¿y si Rubén era realmente el padre de la niña? ¿Y si malinterpretaba la situación? Sabía que la policía a veces descartaba las «sospechas sin pruebas», pero había visto el moretón, el miedo, la impotencia.
Media hora después, volvió arriba. La habitación 207 estaba en silencio, salvo por el clic metálico de una cerradura. Esperó, con el corazón latiéndole con fuerza, y volvió a asomarse por la ventana lateral. Rubén estaba sentado bebiendo, la chica, rígida y paralizada en un rincón. Su murmullo era amenazador, aunque no pudiera entender las palabras.
No más esperas. Mariela llamó a la policía local, explicando lo que había presenciado. Prometieron enviar agentes, pero necesitaban verificar primero. No podía quedarse quieta. Deambuló por el piso, fingiendo revisar las habitaciones, buscando cualquier señal.
Entonces lo oyó: un sollozo ahogado, un estruendo, un grito que le heló la sangre.
Corrió hacia el 207 y gritó: "¿Está todo bien ahí?". Su voz tembló, pero se mantuvo firme.
Un silencio tenso. Entonces se acercaron los pesados pasos de Rubén. Entreabrió la puerta un poco, con el rostro irritado.
"Estamos bien", dijo secamente.
Mariela vislumbró a la chica detrás de él: su mejilla recién marcada, su cuerpo tenso. Ese fue el empujón final.
