El notario leyó el testamento en voz alta. Cada palabra caía como un martillazo. Los murmullos crecían. Los socios de mi padre se miraban entre sí, incómodos.
—La hacienda pertenece legalmente a Aurora Morales —concluyó Don Evaristo—. Y el ocultamiento del documento es delito.
Eulalia gritó, lloró, acusó. Nadie la escuchó.
Mi padre se sentó, vencido.
—Yo… no pude —susurró—. Cada vez que te veía, veía morir a Isabel.
Me acerqué despacio.
—Y al castigarme, la mataste todos los días otra vez.
No pedí venganza.
Pedí justicia.
Eulalia y sus hijos se fueron de la hacienda ese mismo mes. Mi padre, enfermo y solo, renunció a toda administración. Yo no celebré. El odio no da paz.
Vendí parte de las tierras y con ese dinero abrí una escuela y un comedor para hijos de jornaleros. A las muchachas sin apellido les di trabajo… con salario y dignidad.
Vicente nunca quiso nada a cambio.
Pero lo elegí.
Nos casamos bajo las bugambilias de su casa de adobe, la primera que me dio respeto cuando no tenía nombre ni zapatos. No volví a usar el apellido Morales por orgullo… sino por memoria.
A veces, por las noches, releo la carta de mi madre.
Ya no duele.
Porque la verdad, aunque tarde veintiséis años en salir de la tierra,
cuando despierta…
resucita a los vivos
y pone a descansar, por fin, a los muertos
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