Mis pies sangraban sobre el camino de terracería mientras el sol de Jalisco caía implacable sobre los campos de maíz y agave. El aire ardía. Yo, Aurora Morales, hija del hombre más rico del rumbo, huía en una carreta vieja tirada por un caballo cansado, casi rendido. No llevaba joyas ni dinero, solo un rebozo negro que había sido de mi madre… y veintiséis años de culpa clavados en el pecho.
Nací arrebatándole la vida a mi madre. Eso fue lo que siempre creyeron. Desde ese día, mi existencia se convirtió en una condena.
Mi madre, Doña Isabel Rivera, murió desangrada al darme a luz. Decían que era la mujer más bondadosa de la región, de palabras suaves y manos generosas. Mi padre, Don Esteban Morales, la amaba con una devoción casi enfermiza. Cuando ella murió, algo dentro de él se rompió para siempre. Nunca me acusó en voz alta, pero cada mirada suya decía lo mismo: tú sigues viva porque ella murió.
Cuando yo tenía cinco años, mi padre se casó con Eulalia, una viuda astuta, de sonrisa dulce y corazón afilado. Llegó con dos hijos y entendió de inmediato que yo era una herida abierta. Supo cómo usarla.
—Esa niña te hace daño, Esteban —le susurraba—. No deberías tenerla siempre frente a ti.
Así comenzó mi destierro… sin salir de casa.
No me encerraron tras una puerta. Me volvieron invisible. Mientras mis hermanastros, Rosa y Mateo, vestían ropa nueva para la misa, yo usaba vestidos gastados de las sirvientas. Ellos comían en el comedor grande; yo, en la cocina, rodeada de humo, ollas y sobras, escuchando risas que no eran para mí.
—Trabaja más —repetía Eulalia—. Es la única forma de pagar el pecado de haber matado a tu madre.
Y yo obedecía. Tallé pisos hasta sangrar de las rodillas, cargué agua hasta que mis brazos temblaban, endurecí mis manos como troncos secos. Solo Mateo, a escondidas, me regalaba un pedazo de pan o una tortilla con miel. Era el único gesto humano en aquella casa.
Cuando Rosa se comprometió, la hacienda se llenó de música, flores y gente importante. Yo pasé tres días pelando papas y cebollas sin descanso. El día de la fiesta, Eulalia me puso un mandil blanco y me obligó a servir bebidas, como si yo no fuera sangre de esa familia.
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